RECOGIENDO EL CUARTO DE PAPA

Entre en casa y escuché el barullo y los gritos en el salón. Fastidiado, solté las llaves sobre el aparador que había a la entrada y me dirigí a ver qué pasaba. No me había equivocado al presuponer que allí estaría el mandril de mi hermano con sus amigotes jugando a la playstation. Todos menos mi hermano giraron la cabeza para mirarme.

—¿Qué hacéis, enanos? ¿Ya estáis viciados a la videoconsola? Más valdría que salierais a la calle a que os diera el aire y a conocer chicas —les sermoneé—. Entre las pajas que os hacéis y el poco sol que os da os estáis volviendo unos friáis.

—¡Qué te den! —me mostró mi hermano su dedo corazón, sin quitar los ojos del televisor.

No les hice mucho caso. Simplemente había subido a casa a recoger unos discos que me había pedido un colega. Entre en mi habitación, la que compartía con Jacobo, mi hermano, el viciado a los videojuegos. Aquello parecía una pocilga. Camisetas usadas por el suelo, calcetines amarillentos de sudor y a saber de qué más cosas, calzoncillos, zapatillas, libros, discos… Como digo, una auténtica pocilga. Y es que, como bien nos decía mi madre, no se nos puede dejar solos.

La pobre se había marchado unos días al pueblo con mi abuela y mis tías porque el médico le había dicho que no le vendría mal aire fresco para recuperarse de una neumonía que había pasado. Así que allí estábamos los tres Rodríguez: mi padre, mi hermano y yo.

Un poco mosqueado volví hasta el salón y llamé a mi hermano.

—¿Has visto como está la habitación? Parece una pocilga.

—Pues límpiala —se encogió de hombros.

—¿Cómo que límpiala? No, tú también tienes que limpiarla. Como la vea papá nos la vamos a cargar.

—¿Cargárnosla? ¿Pero tú has visto cómo tiene él su habitación? —dijo mi hermano—. Si mamá lo viera le daría un infarto.

Me quedé con cara de tonto viendo como Jacobo le pasaba el mando de la consola a su amigo. En ese momento sonó el telefonillo. Fui a la cocina, que ésta por lo menos estaba recogida, y descolgué el auricular. Mi colega Raúl me preguntó si bajaba ya o qué.

—Sube un momento, tío, que tengo que recoger unas cosas —le dije. Abrí la puerta del portal y mientras esperaba el ascensor y subía me acerqué a la habitación de mi padre.

La cama de matrimonio estaba sin hacer, las sábanas estaban arrugadas, el cuarto sin ventilar, que olía a hombre que echaba para atrás. En un rincón, junto al armario, un montón de ropa sucia se acumulaba y sobre la cama también había varias prendas tiradas.

—¡Joder! —me quejé. Mi familia era un desastre. Sonó el timbre y fui a abrir a Raúl, que pasó interrogándome con la mirada, así que le expliqué directamente—. Tío, está la casa echa un asco y tengo que recogerla. ¿Te importa?

—No —se encogió Raúl de hombros—. Te echo una mano si quieres.

—Pues estaría de puta madre —sonreí, y le di unas palmaditas de agradecimiento en la mejilla.

Mi colega Raúl era el tío más de puta madre que conocía. Habíamos sido compañeros del instituto y jugábamos al fútbol en el mismo equipo. Ambos teníamos 19 años que habíamos cumplido hacía poco y nos llevábamos genial. A los dos nos gustaban las mismas cosas: la misma música, la misma ropa, el mismo tipo de chicas… Escuchábamos hip-hop, nos encantaba vestir con chándal y llevar gorra.

Los dos estábamos delgaditos y éramos igual de altos. Yo llevaba el pelo corto y de punta y Raúl lo llevaba rapado por los lados, más largito por arriba y se lo había dejado un poco largo por detrás, como está de moda ahora. Sus braquets increíblemente relucientes brillaban cada vez que sonreía. Era un tío especial Raúl.

Decidí recoger primero la habitación de mi padre, así daría tregua a Jacobo para que jugara un poco más y después levantará el culo para recoger la habitación entre los dos. Raúl me siguió hasta el cuarto de mis padres y una bofetada de aroma a macho nos golpeó en la nariz.

—¡Ostia, tío! ¡Cómo huele la habitación! —exclamó Raúl asombrado.

—Mi padre, tronco, que suda como un cabrón y no veas tú. Además, tiene ahí tirada toda la ropa sucia —señalé el montón.

Me acerqué a la cama por un lado con intención de estirar las sábanas, que estaban llenas de ensortijados y pequeños pelos negros que se le debían de haber caído a mi velludo progenitor. Mi padre era un tipo de constitución delgada como mi hermano y como yo y tenía su fibroso cuerpo cubierto de pelos que le escalaban hasta las clavículas. No me extrañaba nada que perdiera tanto vello.

Raúl rodeó la cama por el otro lado y, con cara de sorpresa, se agachó para coger algo. Al levantarse me miró riendo.

—Joder, ¡qué bien se lo monta tu padre! —me mostró la revista porno que acababa de recoger del suelo. En la portada una tía rubia con tetas enormes era fornicada por tres hombres, uno por la boca, otro por el coño y otro por el culo. Alrededor de estos se concentraban muchos más tipos a la espera de follarse a la muchacha, mirándola con ojos golosos.

—¡La madre que le parió! —exclamé riendo también, a la par que le robaba a Raúl la revista de sus manos. La abrí y la hojeé velozmente—. ¡Qué hijo de puta! —levanté la vista para mirar a mi colega.

—Se lo pasa bien, eh.

—Ahora con la pariente fuera… —le excusé divertido.

—Se mata a pajas como hacemos nosotros —terminó él la frase.

Nos quedamos en silencio. Raúl me observaba mientras pasaba las páginas de la revista.

—Está de puta madre —afirmé, notando como la polla se me ponía un poco dura.

—Déjame verla —pidió mi colega.

Me senté en la cama con la espalda apoyada en el respaldo. Raúl hizo lo mismo y se puso a mi lado. Entre los dos sostuvimos la revista. Volvimos a la primera página y empezamos a verla en silencio. Tras varios vistazos a las fotos era patente nuestro estado de excitación.

—Me estoy poniendo mazo de cachondo —mascullé, rozándome la polla por encima del pantalón del chándal.

—Yo igual —respondió Raúl, sobándose también la tienda de campaña formada entre sus piernas.

—Tío. Sé que no lo hemos hecho nunca, pero podría estar bien hacernos una paja, eh —solté como el que no quiere la cosa, algo atragantado y pudoroso por si mi colega decía que no.

Raúl me miró a los ojos, algo cohibido. Finalmente se encogió de hombros, quitándome un peso de encima ante una posible negativa. Eso estaba de puta madre, éramos colegas y había confianza para ver una revista porno juntos y meneárnosla un poco. Me levanté, fui hacia la puerta, la entrecerré y volví a sentarme en la cama.

—Vega, ¿nos la sacamos? —dije. El asintió.

Lentamente, mirándonos el paquete el uno al otro, retiramos el pantalón y nos lo bajamos un poco. Sonreí al ver que Raúl llevaba unos slips bastante infantiles, como los míos, que eran azul claro con estrellas y soles. Los suyos eran blancos con barcos.

—¡Vaya gallumbos! —reímos.

El tramo de piel que se veía entre nuestros calzoncillos y las piernas dejaba entrever como nuestros muslos estaban salpimentados de vello. Los míos más recio y oscuros que los suyos. Nos sobamos la polla por encima del calzoncillo, abriendo un poco la boca para respirar por ella, pues ya estábamos bastante excitados y nuestros nabos se marcaban en la fina tela de los slips.

—Me la saco ya, tío —comuniqué a mi amigo. Tiré hacia atrás de la goma de mi gallumbo y dejé que mi rabo escapara de su prisión. Éste estaba durísimo y cayó sobre mi densa mata de pelo púbico.

Raúl observó mi polla un instante y acto seguido levantó su cara para mirarme. Esbozó una sonrisa de oreja a oreja, mostrándome sus relucientes braquets.

—A ver la tuya —le pedí. Al momento hizo lo mismo que yo y se sacó el cipote. Flipé en colores al ver el grosor de su nardo. Tenía una super capullo cubierto aún por el prepucio y era bastante gorda y basta—. ¡Vaya polla que tienes, cabrón! —sonreí alucinado.

—Está bien, sí —aceptó, asintiendo con la cabeza.

—Está genial —corregí—. Joder, es que la mía es pequeña a tu lado.

—Anda, no exageres —dijo Raúl, evaluando las diferencias.

—Pélatela —dije, a lo que me hizo caso. Al hacerlo, dejó al aire su gruesísimo capullo. La punta de su nabo era tochísima—. ¡Qué capullo más grande tienes!

—Sí. Eso no te lo niego.

Nada más retirar todo el pellejo, una ráfaga de olor a polla inundó mis fosas nasales.

—¡Y cómo te huele el cipote, cabrón! —bromeé, empujándole de un hombro.

—Huele como tiene que oler, ¡a polla! —dijo. Y después añadió con malicia—. Aunque con el olor que tenía tu padre en el cuarto tampoco debe de notarse mucho la diferencia.

—¡Qué hijo de puta! —le insulté.

Cogí de nuevo la revista para admirar las fotos de la página en la que nos habíamos quedado. Nos cogíamos los nabos y nos masturbábamos, ensalivándonos los dedos y extendiéndonoslo por el glande. Nos vimos unas cuantas páginas comentando lo que más nos gustaba del reportaje en el que aquel pivón de gigantescas tetas se dejaba follar por una treintena de hombres con pollas tremendas.

—¿Te importa que me quite la camiseta? —preguntó Raúl—. Es que estoy sudando.

—No, quítatela —dije.

Se deshizo de la parte de arriba y dejó al descubierto su lampiño y delgado torso. Una cadenita de oro colgaba de su cuello. Tenía razón, se notaban ciertos rastros de sudor en su pecho y vientre.

—Pues sí que estás sudando, sí —contemplé la película que se formaba en su torso y en su frente.

—Es que estoy muy cachondo —se relamió las gotitas de sudor que también habían aparecido en la zona del bigote.

—Yo también —dije, acomodándome un poco más y quedando semitumbado.

Mi polla se quedaba apuntando al techo de lo dura que estaba mientras también me deshacía de la camiseta y la sudadera. En mi pecho, al contrario que en el de Raúl, ya aparecía una fina mata de vello en el centro de mis pectorales, apuntando que en poco tiempo sería tan peludo como mi padre. Comencé a pasear mis manos por mis marcadas tetas y por mi delgado vientre. Raúl desvió su atención de la revista y observó curioso como me acariciaba.

—¡Qué cabrón! Ya tienes pelos en el pecho —sonrió.

—Sí —dije orgulloso.

—Vas a ser super peludo como tu padre —continuó mi amigo—. Eso está de puta madre. Mi padre apenas tiene vello.

—Ya —respondí. Raúl siguió mirando en silencio como me estrujaba la polla con una mano y con la otra me acaricia las tetas, el estómago, los muslos—. Pero aunque yo sea más peludo tú tienes una polla más grande.

—Eso da igual —dijo. Y sin más se terminó de bajar el pantalón y el calzoncillo hasta las rodillas, dejando al aire sus gordos y peludos huevazos. Luego me miró—. A ver. Enséñame tus huevos —me pidió.

Como en una especie de trueque también me bajé los calzoncillos y le mostré mis cojones, el doble de peludos que los de él. Raúl me sonrió y yo le sonreí. Nuestra mirada era de total complicidad.

—Voy a quitarme las zapas —dijo.

—Sí. Así estaremos más cómodos —sonrió.

Nos deshicimos de nuestras deportivas y el aire se contagió aún más de aquel olor a sudor y a hombre. Nuestros calcetines estaban húmedos a causa de la mala transpiración, pero no nos importaba. Éramos dos colegas, pasándonoslo de puta madre juntos, haciendo algo nuevo, excitante y especial. ¡Era la ostia!

Yo continuaba masturbándome y sobándome el pecho.

—¿Te mola acariciarte? —me preguntó Raúl, con una mueca divertida.

—Sí, ¿qué pasa? —pregunté viendo su cara jocosa.

—Nada, nada —dijo.

—¿Puedo? —preguntó, indicando mi pecho con uno de sus dedos.

—¿Qué quieres hacer? —le interrogué, dejando de mover mis manos. Entonces Raúl plantó sus manos sobre mi pecho y comenzó a moverla, paseándola arriba y abajo, en círculos—. Vale, tronco. Pero sin mariconadas.

—Ya lo sé, gilipollas —respondió. Yo cerré mis ojos, continuando con mi paja. Raúl me acarició el pecho un poco más, de forma casi autómata, y al momento se detuvo. Abrí los ojos para ver por qué había parado—. ¿Ya te has cansado? —le pregunté.

—Ah, pero te gusta —rió.

—¡Qué subnormal! —me reí con él. Entonces volvió a girarse un poco hacia mí y a acariciarme el pecho con la mano que le quedaba libre, jugando con el tímido vello que nacía entre mis pectorales. Ya estábamos totalmente tumbados, con la cabeza apoyada en la almohada. Nos mirábamos sonrientes, abriendo nuestras bocas para soltar exhalos y gemiditos. A mí ya me dolía la polla y la tenía enrojecida.

Levanté mi cuello para mirarme el rabo y Raúl también dirigió su mirada allí. Cesó su masaje un momento y nos centramos en los movimientos masturbatorios que les dedicábamos a nuestros miembros. Como Raúl estaba inclinado hacia mí nuestros penes quedaban muy cerca. Tan cerca que hubo un momento en que pegamos nuestros capullos el uno contra el otro. Los frotamos entre sí, los mojamos con saliva y los hicimos entre chocar, mirándonos a ratos y riendo.

Sentir mi polla contra la suya era la caña. Era genial el sentimiento que me embargaba. Estaba cachondo y totalmente desinhibido en compañía del mejor tío que nadie podía encontrar, mi amigo Raúl.

Dejamos de restregar nuestras pollas y nos miramos sin decir nada.

—¿Qué? —interrogó Raúl viendo mi sonrisa de oreja a oreja.

—Nada —respondí encogiendo los hombros.

—¿Seguro? —preguntó de nuevo.

—Que sí —dije.

Volvió a posar su mano en mi pecho y continuó acariciándome, bajando esta vez hasta mi vientre.

—Me mola estar contigo así —soltó sincero.

—Y a mí, colega —le di unas palmaditas en la mejilla. Después pasé mi mano por su nuca en un gesto de entrañable confianza.

Notaba su rodilla pegada a mi pierna, le sentía super cerca de mí. Él había dejado de masturbarse, liberando su rabo, y yo me la agarraba aunque había dejado también la paja. Raúl subió su mano libre hasta mi mejilla y me la acarició con un dedo. Nos sonreíamos, en silencio, mirándonos curiosos directamente a los ojos, queriendo que aquel momento se detuviera. Nunca había tenido un momento de tanta confianza con nadie.

Pasé el dorso de mi mano por el caliente vientre de Raúl en un gesto rápido. Él lo notó amplió su sonrisa aún más. No sé qué fue lo que me llevó a hacerle la siguiente pregunta. Tragué saliva y la solté.

—¿Quieres tumbarte encima mía? —interrogué contrariado por mi valentía.

—¿Quieres que me tumbe encima de ti? ¿Así? —repitió él poco seguro.

—Sí, vamos —titubeé—. Sólo si quieres. Aunque sé que es un poco…

No me dejó terminar. Raúl se movió lento, obstaculizado por el pantalón del chándal y los calzoncillos que ambos llevábamos todavía a media pierna. Fui sintiendo lentamente el calor de su cuerpo contra el mío. Primero sus piernas, luego su polla contra mi polla y poco a poco su abdomen y su pecho.

Los dos estábamos un poco rígidos por aquella sensación, algo incómoda. Estábamos atreviéndonos un poco, haciendo cosas que no estaban muy bien vistas. Pero al fin y al cabo las estábamos haciendo.

Raúl tenía el cuerpo muy caliente. Pude notar su olor corporal y me gustó. Puso sus brazos por debajo de los míos, los cual levanté para rodearle con ellos y dejar mis manos en su espalda, abrazándole.

Noté su respiración en mi cuello, pues había hundido su rostro allí, haciéndome cosquillas con la punta de su nariz.

—¿Estás bien? —soltó en un susurro.

—Sí —respondí ahogado por la impresión. Mi corazón latía a mil por hora. No sé si estaba excitado. Creo que simplemente estaba nervioso.

—¿Te gusta?

—Sí. ¿Y a ti? —pregunté.

Raúl no me contestó. Sólo noté como relajaba su cuerpo, dejando reposar más peso sobre el mío. Después cambió la posición de sus brazos, que pasó alrededor de mi cuello, abrazándonos más íntimamente.

—Sí —acabó respondiendo.

Nos quedamos así unos momentos, quietos, con nuestra respiración entrecortada. Subí una de mis manos hasta su nuca y le acaricié el pelo, apretando su cabeza para que su rostro rozara la piel de mi cuello. Sentí un minúsculo beso allí, aunque no estaba seguro. Quizás hubiera sido mi imaginación. Sólo que un segundo beso en el cuello me mostró que era cierto lo que había percibido.

Raúl se meneó un poco y nuestros nabos se friccionaron, dejando restos de líquido preseminal. Gemimos ambos. Él muy cerca de mi oído. Aquel movimiento me puso cachondísimo. La mano que quedaba sobre su espalda bajó un poco más y le acaricié un poco de su culo, en donde había algo de suave vello. En seguida la subí a la espalda, cortado por la posibilidad de ir demasiado lejos.

Raúl se levantó de encima y me miró con la cara roja y congestionada. Tenía los ojos entrecerrados y me escrutaba confundido, respirando por la boca. Estiré mi mano y la planté en su mejilla, acariciándole. Él parecía querer recuperar el aliento. Al momento, se quitó y se tumbó a mi lado boca arriba, como al principio. Giró su cuello y me miró.

—Me duele la polla. Tengo ganas de correrme —rió, intentando escapar del trance en el que habíamos entrado un momento antes, con nuestros cuerpos pegados el uno al otro.

—Raúl —le llamé.

—Dime.

—Que eres un tío de puta madre —solté de repente. Él, al oír mis palabras, sonrió de par de par, enseñando sus braquets. Se incorporó un poco y se volvió hacia mí, haciendo que la punta de su nabo rozada mi cadera—. Que eres mi mejor amigo y que te tengo mazo de cariño, tronco. —El mantuvo su expresión alegre.

—Y yo también, macho —me dio unas de nuestras palmaditas en la cara.

En ese instante la puerta de la habitación se abrió abruptamente y Raúl y yo dimos un respingo, tirando hacia arriba de nuestros pantalones y calzoncillos. Pero era demasiado tarde, mi hermano Jacobo nos miraba con los ojos como platos.

Acabé de subirme como buenamente pude el pantalón, me puse en pie y le miré.

—¿Qué hacíais? —preguntó.

—Nada, nada —acaricié mi despeinado pelo—. Es sólo qué…

—¿Os estabais pajeando? —arrugó la nariz mi hermano.

—Eh… —no sabía que contestar, pero ahí estuvo rápido Raúl.

—Pues sí. Porque mira lo que hemos encontrado. Es de tu padre —sonrió mi colega.

Mi hermano pareció aún más sorprendido al ver la revista que Raúl sostenía entre sus dedos. Jacobo se acercó, la cogió y le echó un vistazo por encima.

—¡Joder con papá! ¡Qué mal se lo pasa! Se va mamá unos días y… —dijo divertido—. Y vosotros si estáis haciendo un campeonato de pajas ya podíais avisar, que nosotros estamos en el salón aburridos ya de tanta play.

Aquella declaración de mi hermano Jacobo, aquel molesto adolescente con el que compartía habitación, me dejó descolocado a pesar de que sabía de buena tinta que el cabrón no dejaba de hacerse pajas en cuanto podía. Pero vamos, que era de broma que quisiera hacérselas con nosotros.

  

 

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