R E L A T O E N T O R N O A U N A M U J E R B O N I T A D E O J O S V E R D E S

 

Escucho a lo lejos que tocan nuestra melodía; si, aquella hermosa melodía que tocaban cuando te conocí. Tú estabas sentado frente a mí en esa mesa larguísima que habían colocado junto al ventanal que daba a un extenso patio en aquel salón social, donde se celebraba una fiesta a la que habíamos llegado cada uno por su lado. El primer intercambio de nuestras miradas no significó nada para mí ya que tú estabas acompañado de una mujer bonita de ojos verdes y yo en cambio, todavía no lograba reponerme de un reciente descalabro sentimental. Inclusive, la razón por la que asistí a esa fiesta fue para ver si lograba encontrarlo; ignoro como me habría comportado de haberlo tenido frente a mí: quizá el orgullo me hubiera obligado a pasar junto a él con indiferencia; o, tal vez, cegado por la pasión que sentía hubiera sido capaz de suplicarle y hasta me habría puesto de rodillas para pedirle que no se fuera de mi vida. Pero por más que lo busqué en toda la fiesta no logré verlo y eso me hizo sentir terriblemente mal. Tomé asiento en ese lugar porque ya no tenía fuerzas para dar un paso más. No probé ni un bocado y sólo me dediqué a beber todo lo que me ponían por enfrente, con la decidida intención de embriagarme hasta perder el sentido.

Me llamó la atención tu acompañante por lo hermosa que era así como por el esmerado atuendo que lucía. Precisamente, cuando admiraba su elegante collar, que hacía juego con sus ojos verdes, sentí un puntapié por debajo de la mesa. De inmediato recogí mis piernas al suponer que accidentalmente las había tropezado con las de alguien más. No bien terminaba de acomodar mis piernas debajo del asiento cuando sentí otro golpe, ahora en mi rodilla izquierda. Esto ya no se trata de ningún accidente, me dije, y miré a mi alrededor tratando de hallar al autor de aquello. No podía ser la señora jamonuda que tenía a mi lado izquierdo, pues la pobre apenas si se daba tiempo para devorar todo lo que estaba a su alcance. En cuanto al joven que se encontraba a mi lado derecho, trataba de conquistar a la chica de junto, así que el causante debía encontrarse entre las personas que tenía enfrente. Los candidatos idóneos eran dos: tú, a quién descarté de inmediato ya que estabas muy bien acompañado de una bellísima mujer; así que sólo me quedó un señor cincuentón, de patillas abultadas, que no levantaba la vista del plato que le habían servido, a quién también eliminé por parecerme el típico individuo hogareño, a quién las obligaciones domésticas no le permitían interesarse en nada más.

Ante las circunstancias, desdoblé mis piernas y las volví a poner en la posición original, a la espera de la siguiente señal. Esta no tardó en llegar, pero esta vez no sentí la dureza de un zapato sino la suavidad de un pie que trataba de acariciarme la pierna. ¿De quién podrá ser ese pie?, me pregunté nuevamente analizando a mis vecinos comensales. Después de otro breve repaso concluí que sólo podían ser tú o tu acompañante y, de los dos, tu actitud era la que me parecía muy sospechosa, por lo que traté de mirarte a los ojos, buscando un indicio que te delatara. Muy pronto tu sonrisa me confirmó que eras el que sobaba mi pierna con su pie.

Ignoro si fue por los tragos que había ingerido, provocándome una desinhibición total, o producto de la deplorable situación emocional por la que atravesaba, carente de afecto y sin tener a nadie que me hiciera una caricia, pero el hecho es que me dejé llevar por tu insinuación y participé en el devaneo que iniciaste debajo de la mesa.

En cierto momento suspendiste el jugueteo y comentaste algo con tu pareja para ponerte de pie. Antes de marcharte me hiciste una señal discreta para que te siguiera. Me levanté para ir detrás de ti a prudente distancia. Abriste una puerta que comunicaba a un inmenso jardín y hasta allá fui a seguirte. Cuando trataba de descubrir tu presencia en aquel paraje escasamente iluminado, sentí que me tomaron de un brazo para guiarme a un rincón que protegían unos arbustos. Enseguida unos brazos fornidos rodearon mi cuerpo en un apretón violento. No opuse la menor resistencia ante seguridad de conocer al apuesto causante de aquello. Sentí como tus manos temblorosas se deslizaron por mi espalda hasta posarse en mi trasero y comenzaste a sobarlo enérgicamente, mientras el aire de tu respiración agitada me acariciaba el cuello. Luego indicaste que me arrodillara, sin decir una palabra, simplemente poniendo tus manos sobre mis hombros. Ya que tenía mi rostro a la altura de tu cadera abriste la bragueta de tu pantalón y señalaste que te excitara oralmente, acercando el pene a mi boca. No podía creer que a escaso minutos de habernos encontrado ya estuviéramos involucrados en esa experiencia. Fue una delicia escuchar tus gemidos que aumentaban de intensidad a medida que te estimulaba. Me regodeaba con tu herramienta, gruesa y de buen tamaño, entrando y saliendo de mis labios con entera libertad. Explotaste en medio de enérgicas sacudidas de tu pelvis, acompañado de gemidos, que tratabas de atenuar, los cuales se fueron alargando en débiles expresiones, como señal inequívoca que habías alcanzado el clímax.

De la manera tan intempestiva como sucedió nuestro primer encuentro, del mismo modo te marchaste; pero antes de retirarte me entregaste tu tarjeta personal y simplemente ordenaste: ¡Llámame! Hasta los quince días pude localizarte, después de insistentes llamadas a la sucesión de números telefónicos que aparecían en tu tarjeta. La intención de mi llamada era con el fin de reivindicarme ante ti, para explicarte que no acostumbraba comportarme como lo había hecho la noche de la fiesta; al menos no lo hacía de esa manera tan irracional. También quise decirte que para llegar hasta donde lo hicimos esa vez, primero trataba de involucrarme sentimentalmente con la otra persona, asimismo quise preguntarte cómo habías identificado mis preferencias pues los dos éramos unos perfectos desconocidos, pero antes de que pudiera pronunciar ni media palabra, ordenaste: Te recojo a las once en la esquina de Miraflores y Calle del Río, y sin más colgaste.

Si había algo de lo que podía presumir era precisamente de mi gran carácter, sin embargo bastaba con escuchar tu imperiosa voz para que ablandaras todo mi orgullo y quedara convertido en un ser pusilánime.

A la hora señalada pasaste por mí al lugar indicado. Conducías una especie de vehículo que estaba acondicionado para acampar. El corazón se me quería salir con sólo estar nuevamente a tu lado. Cuando trataba de encontrar las palabras indicadas para aclararte mi situación, volviste a ordenar: ¡Pásate para la parte trasera del carro! Sin replicar, ni con la mirada, me fui adonde habías señalado y me acomodé entre los cojines que se hallaban esparcidos en el espacioso vehículo. Todavía manejaste un buen tramo en silencio y detuviste la marcha para moverte a la parte donde me hallaba. Corriste las cortinillas de las ventanas y te acomodaste sobre el piso. Enseguida, y sin ningún preámbulo, expresaste que hacía tiempo buscabas a una persona como yo, y por lo tanto, ahora que me habías encontrado querías mantener una relación sin ningún compromiso. Así, de este modo tan poco usual, entre el murmullo del viento que llegaba del exterior y sin poder salir de mi asombro, me oficializaste como amante. No te importó conocer mi punto de vista ni te preocupaste por saber si estaba de acuerdo con el planteamiento que habías hecho, simplemente expusiste tus deseos y fijaste las condiciones de la relación que vendría, dando por descontado que todo quedaba aceptado de parte mía. Analizando tu actitud desconcertante, concluí que te dejabas guiar por impulsos y nunca por principios y si algo llegaba a interesarte, lo comprabas o simplemente lo tomabas sin medir nunca las consecuencias.

Por otra parte, las veces que pudimos disfrutar, si es que así puede llamársele a los encuentros posteriores que tuvimos, fueron momentos que le robaste a tu tiempo de trabajo; con la misma prisa como llegabas con esa misma te ibas. Y los sitios de nuestros fugaces idilios siempre fueron de lo más insólito. Una vez detuviste el elevador entre piso y piso de un edificio para que allí adentro lo hiciéramos. En otra ocasión, estacionaste el vehículo de acampar en pleno centro de la ciudad, en un día y horario laborable, y mientras la gente pasaba alrededor, nosotros estábamos en el interior entregándonos furiosamente.

Para que conocieras lo que esta relación estaba significando para mí siempre quise hablarte de mis sentimientos, pero nunca disponías de tiempo para escucharme. Si hubieras sabido cuanto sufría cuando miraba en los periódicos tu fotografía publicada, donde aparecías sonriente junto a la mujer bonita de los ojos verdes. Mientras te observaba me preguntaba: ¿Qué le dirá? ¿La besará a ella como me besa a mí? ¿Acariciará su cuerpo con el mismo deseo que acaricia el mío? Y, finalmente: ¿Sabrá ella hacerlo gozar tanto como lo hago yo? De todas estas interrogantes nunca obtuve respuesta y sólo me refugié en mi sufrimiento, haciéndome otra pregunta: ¿Hasta donde nos llevará esta situación?

Anoche por primera vez visitaste mi departamento, después de una larga insistencia para que lo hicieras; venías bajo la euforia de unas copas. Nos abrazamos en silencio. Quiero bañarte, pedí que me concedieras ese deseo. Fuimos al cuarto de baño y, en lo que se llenaba la tina de agua tibia, te desvestí lentamente, disfrutando tu figura atlética a medida que te descubría el cuerpo. Señalé que te tendieras bocabajo sobre el banco para darte masaje. Te cubrí de aceite la espalda y empecé a desbaratarte los nudos de nervios que tenías en los hombros y alrededor del cuello que te provocaban rigidez; después seguí con la parte baja de la espalda y sobé cada músculo hasta liberarla de tensión. Me puse aceite en las manos para trabajar tu trasero; me gustó frotártelo, lo tenías firme y muy bien puesto; se notaba que eras una persona amante del ejercicio continuo. Una vez terminado el masaje en esa parte del cuerpo, solicité que te dieras vuelta y cuando masajeaba tus tetillas sentí tu respuesta viril. Al deslizarme a la zona de la ingle pediste que te masajeara el pene y los testículos al mismo tiempo ¡Todavía no, quiero alargar este momento!, te supliqué y aceptaste la sencilla manipulación que hice.

Ya instalados en la tibieza del agua, tomé los implementos de baños y te puse suficiente champú en el pelo; luego de frotarte el cuero cabelludo con la yema de los dedos, lo enjuagué abundantemente hasta dejarlo sedoso. Enseguida tomé una esponja natural y te tallé el cuerpo para desprenderte la piel muerta. De nueva cuenta las partes delicadas te las estuve frotando con suavidad y fue verdaderamente excitante ver como vibrabas al tiempo que te tocaba. Volviste a pedirme que prolongara mi estímulo en esa zona. Aún no, rechacé tu solicitud una vez más. Una vez que te enjuagué el cuerpo bajo el chorro de la regadera, aproveché la oportunidad para darme un baño lo más rápido que me fue posible, pues tus manos estaban inquietas manoseándome por todas partes.

Salimos de la tina de baño y te sequé con una toalla afelpada, para después aplicarte crema humectante por toda la piel. Cuando caminábamos rumbo a la recámara, donde esperaba que al fin daríamos rienda suelta al deseo, al cruzar por la sala, de repente me despojaste de la bata que llevaba puesta y sin ningún miramiento me poseíste furiosamente encima de la alfombra. Después de esa maravillosa explosión nos quedamos rendidos sobre el piso de la sala, y te dormiste enseguida.

Mi cabeza ahora es la mar de confusión; permaneces inmóvil a mi lado mientras yo te hago este recuento de todo lo nuestro. Siento la frialdad que empieza a apoderarse de tu cuerpo. Perdóname por no haber tenido el valor suficiente para poner fin a mi existencia una vez que dispuse de la tuya. Al menos tuviste una muerte quieta, sin sangre. Ya no te veré partir como siempre lo hacías marchándote con un "hasta luego Ricardo", sin voltear a verme siquiera, ni yo te despediré con un "vuelve pronto Alberto", mientras mis ojos eran arrasados por el llanto.

  

 

¡¡ SEXO EN DIRECTO !!

Aquí podrás ver cientos de videos y chat en directo con nuestros chicos, y programas de sexo en total EXCLUSIVA en total ANONIMATO y sin Tarjeta de Crédito.... 

ENTRAR

 

 

 

Series de Fotografías

Pincha las series que mas te gusten
GRANDES PENES
SEXO ANAL
GAY AMATEUR
FOTOS ARTÍSTICAS
CHICOS ASIÁTICOS
CARTOONS GAY
CHICOS CACHAS
CHICOS DE COLOR 
PAREJAS GAY
CHICOS EN EXTERIORES
HOMBRES GUAPOS
JOVENES
MODELOS JOVENES
SEXO ORAL
SADO GAY
TRIOS Y ORGIAS GAY
CHICOS DE UNIFORME
MASTURBACION GAY
 

WEBS AMIGAS

 
 
 
 
 

CONECTAR

OTRAS SECCIONES
* RELATOS EROTICOS
* JUEGOS EROTICOS
* HOROSCOPO
* BROMAS
 
 

VOLVER A FOTOS GAY